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LA CARTA DE AMOR DE MI PADRE
Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestes, y que no cambia como los astros ni se mueve como las sombras. Sant.1:17
Mi vida está muy llena, ya que soy la única nutricionista en un centro para delincuentes juveniles con 254 jóvenes. Además, administro un comedor comunitario, hago las presentaciones en PowerPoint para los servicios de alabanza de mi iglesia y doy estudios bíblicos en el comedor.
Tengo una relación maravillosa con mi Salvador y Salvador; sin embargo, hay veces cuando, si bien recuerdo cómo me ha dirigido mi Dios, estoy tan ocupada que no me siento conectada a mi Padre celestial. Esos momentos se hacen notar cuando regreso de las vacaciones y tengo pilas y pilas de papeles para leer, el comedor no anda bien y estoy sinceramente fuera de tiempo. Algo que me recuerda que Dios me ama y me aprecia es el regalo especial que me envía en momentos como éstos. Recuerdo una ocasión tal hace pocos años.
Estaba yendo para el trabajo a las 4:30 un martes de mañana. Debo aclarar que Dios y yo hemos tenido una relación de amor especial con los ciervos. En una oportunidad, él me los envió en los bosques de California. Había estado orando y pidiéndole que me mostrara su gloria, cuando aparecieron dos preciosos ciervos. En mi caso particular, pareciera que cada vez que estoy atravesando por un momento difícil, Dios me envía ciervos para recordarme su amor.
Ese martes en particular, al doblar la esquina de mi lugar de trabajo, sollozaba y clamaba al Señor por todos mis problemas y desafíos. Levanté la vista y vi a seis ciervos, unos parados sobre sus patas traseras y otros que brincaban. Había trabajado en esa institución durante quince años y nunca antes había visto un ciervo; y mucho menos seis a la vez. No hay bosques alrededor; nadie más los había visto. Me asombra el hecho de haber pasado meses sin ver un ciervo, pero cuando clamé al Señor, abrumada después de mis vacaciones, a la vuelta de la siguiente esquina vi a esos seis ciervos que me recordaron que Dios me ama y me aprecia, que él todo lo controla y todo se arreglará.
Señor, ayúdame a recordar que aunque no siento tu presencia, has prometido que nunca me dejarás ni me abandonarás.
DONNA M. DUNBAR
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